Cotizar

Marcha_gay_en_Santiago_de_Chile,_2009

Cotizar

Un hombre alto y pálido cierra la puerta de la caja fuerte en su clóset donde su celular vibra, apartándose de allí en silenco con una sonrisa. El hombre recoge la ropa del mitin importante de ayer – una camisa oxford y unos pantalones marrones, y se la echa por encima de su caja fuerte. Al decidir que la pila de ropa no parece nada natural, el hombre agarra dos finos zapatos de cuero desde el piso del baño, y los arroja por encima de la pila por sí acaso.

            Eso sí es un verdadero desastre de hombre.

Pero eso es mentira y él lo sabe. El resto del armario, gracias a la nana que viene todos los martes y los viernes desde las afueras de Santiago, sigue siendo una armonía de camisas planchadas, suéteres de cachemira y sofisticados zapatos de cuero. Una cosa más, bien camuflada, queda dentro de su armario – una cajita azul abierta con un bonito reloj de hombre que brilla en la luz como un ojo paciente y mirador.

El hombre saca ropa distinta para el día de hoy: una polera, un par de jeans, unas zapatillas, otro celular extra, y pronuncia las palabras – ropa buena – mientras recuerda de un día hace tiempo cuando no tenía ningún dinero para la ropa divertida o la ropa de alguna estirpe. Ése día, ése mismo día, el hombre prestó sus últimos pesos a un amigo que más tarde se rió del grino, y especialmente de sus -harapos-.

Ya hace mucho tiempo ese amigo se ha ido, transformándose en una sombra desaparecida de un pasado enterrado.

Nunca jamás.

La puerta corredera del clóset se cierra sin emitir sonido alguno.

Unos momentos después en el ascensor cubierto de espejos, cuyas luces ardientes no dan ninguna ocasión para ocultar defectos, el hombre se examina con una sinceridad metódica. Ve a un hombre con algunas arrugas leves, y que está perdiendo su lustroso pelo rubio y parece tener 32 o 33, aunque sabe que sólo tiene 25. Su cuerpo es delgado, duro y alto. La combinación de madurez y buen físico proyecta un aire de disciplina y responsabilidad que inspira la confianza. Esto es provechoso en Chile. Aquí en este país nuevo, piensa el hombre, el hombre del espejo es capaz de hacer cualquier papel de cualquier cliente, es capaz de convertise a la fantesia del otro, u otra – el gringo rico del extranjero, el inversionista que ostenta su pellejo blanco y sonrisa grande. Nadie tendrá que saber más.

En el garage privado del edificio, el segundo celular del hombre apenas emite un tono y se calla. Un número de teléfono aparece en la pantalla. LLAMADA PERDIDA.

Le textea de vuelto: “Me pinchai?”

Un texto aparece: “Oye, como estay? Vai a llegar?”

El hombre responde: “Ya voy.”

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En la carretera de peaje un Renault de negro profundo refleja las luces de los faroles encendidos al crepúsculo, y las dispersa a lo largo de la grasosa carretera, formando colores de arco iris que aparecen y desaparecen instantáneamente. El cielo se ennegrece rápidamente, y por alguna razón, las estrellas no aparecen. Solamente las amplias amarillas linternas del Renault proporcionan evidencia que el coche si existe y que si se mueve entre unos espacios muy oscuros. Una vez llegado a las afueras de Santiago, entre almacenes anónimos y bloques de concreta sórdidos lanzados abajo como juguetes indeseados, el Renault viaja, retumba y ronronea en el asfalto marcado con baches y hojas sueltas de periódicos desechos hace tiempo. Un viento frío sopla de las montañas.

En la distancia, tres vagos se amontona alrededor de un barril de metal con fuego prendido, calentándose. Al aproximarse, el hombre observa que los vagos no son vagos sino jóvenes, y más encima – adolescentes.

Baja la ventanilla del auto.

“Hola, buenas.”

Un tipo flaco, un integrante del grupo, le echa una mirada y se dirige hacia la puerta del auto, sus rizos largos de pelo negro derramándose sobre su cara.

“Wenas.” El hombre responde:

“Donde está el Fáiser?”

El flaco mira para el otro lado: “No lo veo hace raato.”

Pasa un momento de silencio, pero dentro de poco tiempo una sombra emerge del lado de los edificios enormes y va hacia el coche.

El flaco habla: “Ah… Ahí está po, aquí viene el Fáiser.”

Fáiser entra en el coche sin decir nada y los dos se van, mientras la luna y unas estrellas que parecen alfilerazos de luz comienzan a salir, ya que por fin las nubes se habían marchado.

El Fáiser habla primero: “Evan te ves flaco, estai bien?”

“Muy ocupado recientemente, muy ocupado… y tensionado,”

“Entonces usted debe relajarse,” dijo Faizer mientras introduce su mano entre los muslos de Evan, “y aprovechar de hacer más llamadas.”

“No tengo tanto tiempo libre,” Evan respondió, intentando de ignorar la mano entre sus muslos, “Te entras en el asunto muy rápido. Es por eso te llaman Phyzer?”

El Fáizer se rió. “Sí. Primero me llamaron Viagra. Pero Faiser suena mejor.”

“Suena alemán,” dijeron a la vez.

Chile conoce bien sus fantasías.

            Entonces el placer asumió control y Evan condujo su auto en los círculos, no intentando de llegar a ningún lugar sino simplemente esperando no estrellarse con nada. Las palmas enormes en Alameda se sacudieron desordenadamente en el viento frío.

Evan colocó su mano detrás de la cabeza de Faizer cuando ése casi terminó. Tenía su pelo negro todo pegajoso con gel y su boca sintió bien caliente. Suavemente, Evan elevó su cabeza, revelando su cara en el resplandor débil procedente de los faroles amarillos, los carteles de neón, las ventanas abiertas de viviendas y la insistente luz de la luna y estrellas arriba. En esa luz, Fáizer era hermoso y pareció ser de oro amarillento, pálido, delicado, fino, intachable – un pedazo de losa china, cautivador. Evan le besó aunque la boca de Faizer aún seguía empapada, y le dijo “ven conmigo a la casa de nuevo.”

“Como no.”

$$$$$$

En el apartamento ya había un sobre con el nombre de Fáizer escrito en marcador rojo puesto en la mesa del kitchenette. Los gringos solían salir con estas rarezas específicas.

“Aquí, toma esto,” dijo Evan, entregándole el sobre.

En silencio, Faizer abrió el sobre y contó el dinero. Mientras contaba, Evan le hizo una pregunta: “¿Siempre quieres ir juntando plata así?”

No, pensó Faizer, pero nunca le diría eso a un cliente. Mil veces los clientes crudos le habían preguntado groserias, pero en sumo prefirió eso a escuchar los problemas típicos de los maricones ricos y enclositados: la esposa distante, los hijos perezosos, las hijas promiscuas, y el tema del dinero. Ese tipo de cliente siempre sintió la necesidad de decirlo todo.

Pero Evan no era como ésos. Evan siempre pagó en abundancia y nunca estuvo cruel o repugnante. Era muy pragmático. Y nunca contó historias de su vida.

“Algún día quiero ser bailarín” Así respondió Fáizer. Era la verdad.

¿Y por qué no decir la verdad? pensó Faizer. ¿Y si este gringo rico con sus sobres de efectivo lo quiere hacer realidad?

Evan se rió entre dientes. “¿Un bailarín? ¿Hay bailarines en Chile?” Evan abandonó el asunto y comenzó a farfullar sobre asuntos bancarios en Chile, los negocios y los matrimonios.

Faizer se preguntó si, al fin y al cabo, había algo tan diferente acerca del gringo Evan. Él no podría ver más allá de su dinero y prestigio no más que los viejos gordos con picos y cerebros minúsculos que pululan por todas partes de Las Condes.

“¿Quieres tirar?” Dijo Evan.

Pues, de todos modos, había algo en su franqueza.

“Como no.” Contestó Fáizer.

Ya trabajamos.

$$$$$$$

Unas horas más tarde, las vibraciones de la caja fuerte del armario se pusieron excesivamente molestas, y mirando al lado con un suspiro, Evan declaró en inglés que iba a ducharse. Se mudó pesadamente hacia el baño y Faizer dio una vuelta en la cama, y ya cansado, inspeccionó todas las partes de la pieza mientras soñaba despierto.

Observando la forma rosada y semi-ocultada de Evan detrás de la puerta translúcida de la ducha, se preguntó si sería posible agarrar a un hombre rico que también sea bueno y agradable. En una fantasía que duró segundos Faizer, cuyo nombre verdadero era Diego – imaginó que Evan era un abogado que vendía propiedades inmobiliarias a otros extranjeros ricos, y en los días cuando él no enseñaba danza en su escuela ni tuvo que salir a bailar en los teatros en Lastarria o Providencia – los dos compartirían viajes al sur – para ver haciendas en Chiloé, viñedos en Curicó, y casonas en Valparaiso. Allí navegarían juntos los ilógicos caminos zigzag para hallar los hogares multicolores que cuelgan como ornamentos sobre los acantilados enormes ubicados entre el sol y el mar. Y después de todo esto, Diego, a quién nade le va llamar Fáizer nunca jamás (ni Diego a sí mismo), adornaría y embellecería a esas casonas con el talento para el arte que acechaba oculto en alguna parte de él.

El vapor de la ducha se filtró al dormitorio y Diego fantaseó sobre las diversas vidas posibles con suficiente dinero, amor, o los dos. No deseó una vida con un hombre que le golpearía o que le rodearía con su brazo musculoso en la noche, susurrando amenazas – como su último novio, el celoso.

Esos dias ya terminaron. Nunca jamás.

Desde la neblina donde quedó la ocultada forma de Evan en alguna parte, una voz emergió: “Puede que tengas que irte pronto.”

Sin una palabra, Diego se levantó y comenzó a recolectar sus prendas, las cuales habían huido para as esquinas oscuras y casi invisibles de la pieza, como mamíferos chicos que buscaron calor y seguridad. Primero encontró su ropa interior y pantalones, y después sus calcetines y polera. Al encontrar todos sus objetos, los dejó en una pila en la cama. Gozando de la sensación del aire en su piel, Diego decidió permanecer desnudo y andar inspeccionando el apartamento. En el pasillo cerca de la puerta, encontró un espejo grande, y echando una ojeada cuidadoso a sí mismo, examinó cuidadosamente su pequeño y apretado cuerpo desnudo, su piel limpia y clara, sus músculos definidos, y desde luego su pene chico pero grueso.

Es la hora de irse.. Pensó él.

Al vestirse, la hebilla de su cinturón le dio un susto de frío. Diego notó con confianza que su ropa lo apretaba en todos los sectores correctos de su cuerpo, aumentando su belleza necesaria.

Evan va a llamarme otra vez.

Una voz interrumpió desde la ducha: “Cuando te vas, usa la escalera del garage. No la puerta delantera.”

Diego sintió algo de ira. Tiene vergüenza de mí. No quiere que los viejitos entrometidos de la consejería se interesen.

Diego rápidamente recolectó todas las cosas que consideraba su propiedad antes de irse. Suavemente, cerró la puerta con un tintineo.

$$$$$$

Evan tomó su tiempo limpiando su cuerpo del Faizer. Cuando por fin dejó la ducha, el muchacho se había ido hace rato. Una de las mejores cualidades de Fáizer era que siempre sabía el momento justo para salir del escenario y desaparecer.

Tirado en la cama, Evan se preguntó si genuinamente quería que Fáizer desapareciera. Sin invitación, una fantasía le saltó a la mente: llegando a la casa algún día común y corriente después del trabajo, después de reuniones, después de sonreír y de decir sí en los momentos correctos a las personas correctas – Fáizer – o lo que sea su nombre verdadero – estaría allí en toda su gloria de 155 centímetros esperándolo. Evan lo levantaría y le robaría un beso y antes de ponerse a besar y aprender cada una de sus muchas partes, incluyendo su personalidad, mente y ser. Desde allí los dos emprenderían un viaje hacia una vida más positiva en la cual los dos podían compartir un alma, y una vida honesta.

Evan tenía vergüenza sí mismo y sus sueños muy pero muy maricones.

Muy pronto la caja fuerte interrumpió. El celular dentro ya se había vibrado contra el lado metálico de la caja fuerte y estaba emitiendo un sonido constante de:

KRRRRR KRRRRRR KRRRR KRRRRR

Molesto, Evan se dirigió a la puerta abierta del clóset, y con un choque, notó que el reloj de hombre ya no estuvo. El Fáizer alcanzó hasta la quinta visita – un récord.

Casi teníamos algo.

Menos enojado que triste, él agarró y machucó la pequeña caja azul que una vez contuvo el reloj y la arrojó a la basura.

Después de barrer la pila de ropa sobre de la caja fuerte y lanzarla en el piso, Evan abrió la caja fuerte y introdujó su mano al espacio.

12 llamadas perdidas Jesus Christ. Y todas de la misma.

Evan puso su sonrisa y llamó el número de las llamadas perdidas.

“Evelyn! Hooola! Si es que lo tenía apagado, si…. Tranquila! Tranquiiila! No no es así. No es imposible. Si, se me mandaron un paquete. Si parece que el mitin de ayer salió súper….”

Y mientras que hablaba con esta mujer interesada en cuentas bancarias compartidas, un matrimonio ventajoso, y – por supuesto – niños, Evan introdujo su mano en la boquita de la caja fuerte fría y chica de nuevo, y aún sonriendo, aún asintiendo con la cabeza y repitiendo, “si, si, si” – el hombre saca un idéntico reloj de hombre con una idéntica caja azul – y lo coloca medio camuflado en misma manera, parcialmente ocultado pero deseoso de ser observado – en las profundas y silenciosas honduras de su clóset personal.

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